Falta casi un año para las elecciones presidenciales francesas y en algunos suburbios de París ya hay carteles de un pintoresco candidato, François Asselineau, totalmente marginal, cuya gran aspiración es el Frexit . Aboga por la salida de Francia de la Unión Europea, del euro y de la OTAN. Su temprana campaña puede parecer anecdótica, aunque es legítimo interrogarse por los apoyos de este personaje de veleidades prorrusas. Su foto por las calles, en cualquier caso, añade ruido y confusión a unos comicios hoy por hoy de muy incierto desenlace y que tendrán en vilo a Europa.El segundo quinquenio de Macron en el Elíseo se ha hecho largo, para él y para el país, y ha estado marcado por la inestabilidad política. La intempestiva disolución de la Asamblea Nacional, la noche del 9 de junio del 2024, después de unos resultados desastrosos para el partido presidencial en las elecciones europeas, abocó a una ausencia de mayoría parlamentaria y muchos meses de caos y crisis de gobierno. Solo al cuarto primer ministro, Sébastien Lecornu, se logró estabilizar la situación. Francia se arriesgaba a caer en el abismo y los inversores estaban al acecho. Ahora ya todos piensan en la cita con las urnas la próxima primavera. Salvo imprevistos, Lecornu debería ser el último primer ministro de la era Macron.Siempre se ha dicho que el presidente y su estrecho círculo de colaboradores tienen un temor interno que les causa pesadillas: revivir la amarga experiencia de Barack Obama, en enero de 2017, cuando hubo de ceder la Casa Blanca a Donald Trump. En su caso sería entregar las llaves del Elíseo a la extrema derecha, ya fuera Marine Le Pen o Jordan Bardella. La semana pasada, Le Monde insistió en que el principal objetivo de Macron el año que viene no es tanto apoyar a un aspirante u otro de su campo político sino asegurarse de que no le sucede un ultraderechista. Eso sería, según una persona muy próxima al jefe de Estado citada por el diario, un auténtico “drama” personal y político que, además, hipotecaría cualquier deseo de intentar volver a presentarse a la presidencia en el 2032, una hipótesis que se baraja, teniendo en cuenta la joven edad del presidente -49 años- cuando deje la máxima magistratura.La pesadilla del actual presidente es revivir con la ultraderecha lo que Obama vivió al ceder el poder a TrumpLa comparación con Obama, aunque no exacta, es pertinente porque Macron llegó también al poder con un áurea de dinamismo, de dirigente moderno, de comunicador brillante, con excelente imagen exterior. Ambos fueron reelegidos con facilidad. No obstante, en los dos casos la estrella se fue apagando y dejó un rescoldo de resentimiento en un sector del país. En Estados Unidos surgió el movimiento Tea Party, la radicalización de los republicanos y el triunfo sorpresa de Trump frente a Hillary Clinton en noviembre del 2016. La presidencia de Macron, por su parte, ha visto el auge imparable de la extrema derecha y el retroceso de las opciones moderadas.La profusión de candidatos declarados y potenciales , sin ningún favorito incontestable, está acompañada por la vaguedad sobre sus intenciones. Muchos aspirantes, pero escasas ideas nuevas e interesantes. Más allá de la personalidad que llegue a la presidencia de la República y del futuro partido -o coalición- dominante en la Asamblea Nacional, Francia necesita un rumbo, y nadie sabe todavía cuál será.Macron intentó algunas reformas, pero se quedó muy corto porque chocó con el descontento popular, los derechos adquiridos, la alergia francesa a aceptar sacrificios y la oposición de los sindicatos. El fiasco más clamoroso fue la marcha atrás en la reforma de las pensiones. Tampoco ayudaron las crisis por la pandemia y la guerra de Ucrania.Más allá de la persona y el programa, será decisivo si es capaz de construir un consenso político y socialSon muchos los interrogantes. ¿Asumirá Francia, por fin, la urgencia de reducir el tamaño de su hipertrofiado Estado y de descentralizarlo de modo creíble y eficaz? ¿Se atreverá a agarrar el toro por los cuernos en el problema del endeudamiento para no seguir aumentando peligrosamente la brecha con Alemania y la Europa más virtuosa? ¿Será capaz de promover la cohesión interna de un país muy fracturado y de salvaguardar la convivencia, o se acentuarán las tensiones de la multiculturalidad?Los desafíos son enormes para un país con la autoestima baja y en un contexto internacional complicado. Y es ahí donde surge el interrogante fundamental: ¿sabrán el Elíseo y el futuro gobierno construir un mínimo consenso político y social para avanzar? La experiencia más reciente y las señales en el horizonte no invitan a ser demasiado optimistas.El poder de la ultraderechaUna guerra mediática despiadadaLos franceses asisten en los últimos años a una guerra mediática despiadada, de trasfondo político, que ha provocado huelgas en redacciones y cambios drásticos de línea editorial que han obligado a decenas de profesionales a buscarse otro trabajo. Los medios en la órbita del empresario bretón Vincent Bolloré se esfuerzan, día tras día, en crear un estado de opinión favorable a los postulados de la derecha dura y de la extrema derecha. El rotativo Le Journal du Dimanche , la cadena de televisión CNews y la emisora de radio Europe 1 –muchas veces con los mismos periodistas, que hacen pluriempleo– destacan sin cesar los temas de inseguridad ciudadana y el riesgo de islamización y de destrucción de la Francia de toda la vida. Los lectores, espectadores y oyentes acaban teniendo la impresión de que Francia está perdida. Hay sólidos contrapuntos en medios como Le Monde, Libération olas cadenas de radiotelevisión públicas. Estas últimas, que siguen ofreciendo espacios de calidad y plurales, son criticadas por los sectores conservadores porque las ven históricamente escoradas a la izquierda. La guerra mediática será una componente esencial de la carrera hacia el Elíseo.Corresponsal de 'La Vanguardia' en París desde el 2018. Anteriormente fue corresponsal en Alemania (1994-2002), en Estados Unidos (2002-2009) y en Italia y ante el Vaticano (2009-2018)