Con la salsa, nacida en el París del siglo XIX, platos sencillos de pescado, verduras o carnes magras se pueden transformar en auténticos festines

Si la bechamel fuera al gimnasio, se pusiese a tope de proteínas y ganara músculo, se convertiría en la salsa Mornay. Aparece por primera vez en la carta del restaurante parisino Le Grand Véfour, situado en el Palais-Royal en el siglo XIX y consiste básicamente en una bechamel enriquecida. Una vez hecha la salsa madre con una proporción de 75 gramos de harina y mantequilla por litro de leche, se le añaden yemas de huevo, queso gruyere y a veces un pelín de nata. Ya podéis imaginaros el resultado: es aterciopelada, muy potente en sabor y profundidad y le da a cualquier cosa que se la pongas un punto muy fino.

Por su alto contenido en grasa, queda especialmente bien con alimentos bajos en la misma como pescados blancos, verdura o pechugas de pollo. Puede servirse al lado, en una salsera o como base para emplatar encima, pero gratinada es lo más: simplemente, napa –cubre– unos lomos de lubina o de bacalao y llévalos al horno 10 minutos a 180 grados. Los alimentos que tardan más en hacerse, como las verduras, es mejor cocinarlos previamente y luego darles el último toque de horno con el grill puesto, para que la salsa se dore un poco. Esto mismo haremos con las berenjenas.