Podemos celebrar que por unas horas se deje de matar niños; pero confundir ese paréntesis con la paz es de una frivolidad que ni el más ingenuo de los activistas se permitiría

En un artículo titulado La tristeza del alto el fuego, publicado en EL PAÍS el pasado día 9, el filósofo Santiago Gerchunoff sugiere que quienes no aplauden con entusiasmo la tregua en Gaza son unos egoístas incapaces de alegrarse por la paz y prefieren su causa a la felicidad ajena. Se trata de occidentales expuestos a una súbita pérdida de sentido. “Lo que podría extinguirse con el alto el fuego” —escribe Gerchunoff— “es la urgencia de su causa”. Permítaseme, con el debido ...

respeto, el gusto de discrepar.

Gerchunoff no podía saber que, pocas horas después de mandar su artículo, Israel traicionaría la tregua bombardeando el sur de Gaza, aunque quizá recordaba que ya ha torpedeado seis acuerdos de paz y que, hace solo un mes, llegó a bombardear el edificio de Qatar en que se producían las negociaciones. ¿Tan grosera es una cierta cautela? Porque que la suya es, ante todo, una exigencia de modales. Vuelve preceptivo agarrar el matasuegras, aunque la ocupación se perpetúe y los muertos sigan calientes, por una cuestión de urbanidad.