En Gaza y en Israel hay alivio, pero a los activistas occidentales les cuesta alegrarse por un documento en el que están de acuerdo Hamás y Netanyahu

Hoy, por fin, se ha alcanzado un acuerdo para un alto el fuego en Gaza y para la liberación de los secuestrados. En Israel hay alivio y en Gaza se ven niños que ríen, adultos que lloran de emoción, multitudes que celebran el fin —aunque sea momentáneo— del horror. Y, sin embargo, algo resulta desconcertante: en muchas cuentas de redes sociales occidentales, en artículos y declaraciones de activistas que durante meses clamaron por el fin del genocidio, no se percibe alegría. No celebran. Les cuesta alegrarse.

Tienen argumentos racionales —o que suenan racionales— para justificarlo: que el acuerdo es una trampa, que la lucha continúa, que el alto el fuego favorece a Israel o que es un triunfo del imperialismo. Pero lo notable no está ahí, sino en lo que esa reacción revela: que los propios palestinos pueden sentir alivio y felicidad, mientras quienes decían representarlos desde lejos solo sienten desconfianza o tristeza.

El occidental que no sufre en su cuerpo el conflicto, que no pierde a un hijo ni vive bajo las bombas, sufre de otra cosa: de una pérdida de sentido. Lo que podría extinguirse con el alto el fuego es la urgencia de su causa. Esa causa que le permitía salir a la calle, gritar, sentirse parte de algo, compartir una emoción política. Como toda movilización, tenía también algo de fiesta: una comunidad, un calor. Al llegar la tregua, esa energía se apaga. Y con ella aparece un vacío.