El alto el fuego en Gaza queda muy lejos de un plan de paz que haga a su artífice merecedor del Nobel

Solo un desalmado permanecería impasible ante el cese de los bombardeos sobre Gaza y

asi-todos-civiles.html" data-link-track-dtm="">la liberación de los rehenes israelíes. Sean cuales sean las circunstancias que han permitido lograrlo (con dos años de retraso y un enorme coste de vidas), hay motivo para celebrar. Sobre todo, por parte de los afectados. El resto (Gobiernos, mediadores, políticos, activistas, centros de estudios e incluso periodistas) haría bien en evitar el aplauso (a menudo autoaplauso) y empezar a trabajar para sortear la tormenta que anuncian los numerosos nubarrones en el horizonte.

Más allá del riesgo de incumplimiento por una de las partes (improbable mientras enfoquen las cámaras), hay graves problemas conceptuales en todo el proyecto. Para empezar, el marbete de “plan de paz” le viene grande al llamado Plan Integral del presidente Donald J. Trump para terminar con el conflicto en Gaza. En los 20 puntos del texto, lo único que se establece (y ya es meritorio dada la catástrofe sobre el terreno), es un alto el fuego con el intercambio de rehenes israelíes por prisioneros palestinos con una futura “reurbanización” (sic) y un proceso de diálogo, sin concretar objetivos ni plazos.