El cese repentino de Dina Boluarte y el nombramiento de José Jerí colocan al país andino ante el reto de regenerar de una vez la política

La destitución exprés de Dina Boluarte por parte del Congreso de Perú, tras invocar la figura de “incapacidad moral permanente”, ha abierto un nuevo capítulo en el ciclo de inestabilidad que desde hace años consume al país. En apenas una década, los peruanos han visto pasar ocho presidentes y varios congresos disueltos, en una secuencia que ha convertido la democracia en un ejercicio de resistencia. Cada crisis se presenta como l...

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a última, pero el país siempre regresa al mismo abismo institucional.

La decisión del Parlamento, respaldada por una mayoría improvisada de bancadas conservadoras y fujimoristas fue la culminación de una larga disputa por el poder entre facciones sin proyecto, unidas solo por su capacidad para destruir a los adversarios. Con la asunción interina de José Jerí, Perú entra en una nueva etapa que se anuncia igual de precaria que las anteriores: protestas en las calles, descrédito generalizado y un vacío de autoridad que amenaza con prolongarse. Para más escarnio, sobre el nuevo mandatario pesa una acusación de violación. El resultado es un país atrapado en un bucle sin aparente salida. La política peruana vive bajo un régimen de emergencia permanente. La desconfianza entre los poderes del Estado, el oportunismo parlamentario y la debilidad de los partidos han convertido el Gobierno en una sucesión de parches institucionales. En el fondo, el país enfrenta algo más profundo que una crisis de nombres: padece una crisis de representación.