El cambio climático y la mala gestión de las autoridades, según los expertos, son algunas de las causas de la crisis hídrica libanesa, que afecta a la población

George Rizkallah se detiene en su terreno baldío a observar cómo se marchitan las viñas. Hace décadas que cultiva estas tierras de Zahle, en el Valle de la Bekaa, junto a la frontera sur de Líbano. “Antes cultivaba una superficie de hasta 300 dunums (30 hectáreas). Ahora solo puedo aprovechar 60 (6 hectáreas)”, explica Rizkallah. Los años de lluvias irregulares y la escasez de agua en los pozos han hecho que la agricultura sea cada vez más insostenible, explica. “Antes regábamos 10 dunums (1 hectárea) en un día, ahora tardamos una semana”. Las dificultades que este agricultor enfrenta en el campo es un síntoma más de que Líbano está padeciendo la peor sequía de su historia.

El lago Qaraoun, el mayor embalse de agua dulce del país, descendió hasta los 57 millones de metros cúbicos en agosto, cuando, hace un año, los niveles estaban en 153 millones de metros cúbicos de agua. La media anual de este embalse era 320 millones. Y, lo que es peor, esa agua no se puede utilizar debido a la grave contaminación.

La crisis hídrica, además, pone en riesgo la seguridad alimentaria del país, que ya estaba en números rojos. Según un informe del Programa Mundial de Alimentos, una de cada cinco personas en Líbano (alrededor de 1,17 millones) sufre inseguridad alimentaria aguda. Los daños en las infraestructuras agrícolas, el estancamiento económico y la disminución de la ayuda humanitaria empujan constantemente a las familias hasta el límite. Las previsiones indican que la cifra de afectados podría llegar a ser de 1,24 millones entre julio y octubre de 2025.