“Con el agua tenemos la espada de Damocles”. Javier García ha pasado más de cuarenta años de su vida cultivando pepinos, pimientos, sandías y melones en una hectárea y media de tierra, a unos ocho kilómetros del mar, en El Ejido, la comarca del Poniente almeriense. La huerta de Europa.
Estas tierras tan cercanas al Mediterráneo beben de varios acuíferos. “En general, aquí en Poniente son profundos y todavía no hay una intrusión marina que sea preocupante. Pero en la zona de Adra y Roquetas los acuíferos están mucho más altos y algunos más salinizados. Han tenido que cambiar los pozos por zonas más altas, pegadas a la montaña”, cuenta este agricultor, que participa en Vía Sabia, un proyecto que estudia la adaptación de los sistemas agroecológicos y pesqueros al cambio climático apoyado por la Fundación Biodiversidad, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
Según el programa Copernicus de la Unión Europea, el nivel del mar ha subido entre 15 y 25 centímetros entre 1901 y 2018 y se prevé que siga haciéndolo entre 30 y 60 centímetros hasta 2100, en el escenario favorable, y hasta un metro o más, en uno que es poco menos que espeluznante. El problema no es solo un mayor riesgo de inundaciones, que no serían tan inmediatas de forma global. Las intrusiones de agua marina por la elevación del nivel del mar salinizan los suelos y acaban matando acuíferos exhaustos por años de sobreexplotación. Y esto ya están sucediendo en muchas partes del mundo. Los agricultores costeros miran al mar.






