El país se enfrenta a su sexto año consecutivo de crisis hídricas, en un contexto en el que las olas de calor han elevado las temperaturas por encima de 50°C

El huerto que una vez fue el legado familiar de Mina casi no registra ningún movimiento. La matriarca de 68 años, procedente de Bukan, al oeste de Irán, camina con impotencia entre los restos de manzanos y cerezos que antaño alimentaron a sus hijos y sustentaron a su comunidad. La pérdida de ingresos ha obligado a su familia y a los lugareños a mudarse a otras partes del país, especialmente a la capital, Teherán, en la que viven unos 10 millones de personas y donde tampoco hay agua suficiente. Irán suma seis años de sequía y, ahora, con la amenaza que pesa sobre Teherán de una posible evacuación de parte de la población por la falta de agua, familias como la de Mina se enfrentan a la incertidumbre sin tener claro a dónde ir.

“Ya no podemos elegir cultivos en función de la rentabilidad; debemos elegir por supervivencia”, dice Leyla, la nieta de Mina, en una entrevista telefónica. Algunos miembros de su familia ahora cultivan alimentos resistentes a la sequía, como cebada, trigo y una cosecha limitada de remolacha. “Tememos perder todas nuestras tierras fértiles, como ya les ha pasado a muchos de nuestros vecinos. Los precios se han desplomado y vender los terrenos es imposible. Algunos agricultores de nuestra comunidad han recurrido a medidas arriesgadas e ilegales, como la perforación de pozos no autorizados, solo para asegurar la supervivencia de sus hijos”, añade Leyla.