“Mi mujer, Norma, había huido con Guy Dupree, y yo estaba esperando las facturas de la tarjeta de crédito para localizarlos. Aguardaba mi momento. Corría el mes de octubre. Se habían largado con mi coche, mi tarjeta Texaco y mi American Express”. De esta sucinta manera da inicio El perro del Sur, de Charles Portis, road book inefable y una de las novelas más jolgoriosas jamás escritas. Por descontado, lo último no es un aliciente para ciertos lectores. El otro día, precisamente hablando de Portis, mi mujer me soltó que no “consideraba” el “factor diversión” en una pieza literaria. Era aquella una frase que perfectamente podría haber soltado Tomás de Torquemada ante la pira de un judeoconverso, pero este reseñista se mantuvo firme en sus convicciones. Pues nosotros, los que leemos por placer, juzgamos el “factor diversión” un estímulo considerable en cualquier artefacto narrativo.

Charles Portis (1933-2020), natural de Arkansas, fue un periodista insólito (su mesa en el Herald Tribune carecía de teléfono) que lo dejó todo para dedicarse a la literatura. El autor, a quien Tom Wolfe presentaba como “el hombre más divertido que he conocido en mi vida”, es uno más en la lista de escritores del siglo XX extirpados del canon por a) entretenidos, b) populares y c) comprensibles. El autor firmó cinco novelas inapelables, magníficas, y cuenta entre sus fans a Nora Ephron y George Pelecanos (quien le define como “figura mítica”), y a pesar de ello cuesta encontrar menciones a su legado en los rankings oficiales (no ayuda que Portis, de manera honorable, se negara a dar entrevistas o promocionar sus libros).