Desde el amor por el lenguaje, la escritora italiana dibuja retazos de su pasado por medio de los perros de su infancia, de sus matrimonios o vinculados a un lugar
Admiro el ingenio de Sandra Petrignani para elegir el hilo en el que va ensartando literariamente las cuentas de su vida: juguetes de la infancia, casas de otras escritoras, un retrato de Natalia Ginzburg… En esta ocasión, utiliza a sus perros como percha para colgar retazos autobiográficos. Perros de la infancia, de sus matrimo...
nios, perros vinculados a un lugar. Quienes vivimos con animales domésticos sabemos que su presencia —o su ausencia— acota distintas etapas: yo tuve tres gatos de la misma camada durante 20 años y parte del significado de esa época pasa por la compañía de Miranda, Simonetta y Brumario. Nuestros animales sirven para armar el relato vital, dotarlo de cronología y escenario, pero también para prefigurar y representar las circunstancias, más o menos terribles, de una muerte, la muerte en sí, el duelo. Autobiografías y metáforas animales —prosopopeyas— a menudo son pura elegía. El dolor no siempre desgarra y los relatos autobiográficos no nacen siempre del ajuste de cuentas o la desesperación. A veces, como dice Modiano, se trata solamente de “pasar a limpio nuestro pasado” y buscar acomodo, en el corazón, para lo inevitable de nuestros destinos. Incluso de los más halagüeños. La escritura convoca un sentimiento melancólico y, a la vez, el impulso solar de sobrevivir; un impulso solar que deslumbra en vívidas páginas de erotismo femenino: los juegos infantiles con Wendy, la agresión de Corallina... Bajo el peso de la ausencia, aparece el mandato de vivir y, sin embargo, qué difícil y, otra vez, el mandato de la luz y, sin embargo…






