La fabulosa proliferación de libros con y sobre cosas reales, testimonios, hechos, crónicas, vivencias, exploraciones íntimas o confidenciales ha puesto contra las cuerdas algunos de los criterios históricos de valoración literaria. No es un fenómeno nuevo, evidentemente, pero sí es nueva la cantidad exorbitante y feliz de libros publicados con la carga del testimonio real y veraz expuesta como condición de existencia misma del libro. Javier Cercas ha dicho más de una vez en público y en privado que es una solemne bobada ese aviso tan usual en libros y películas de “basado en hechos reales” porque toda ficción está basada en hechos reales.
El hecho de que una obra esté invenciblemente enraizada en “hechos reales” no impide sin embargo que el nivel de manipulación, articulación y destilación de ese hecho real pueda ser tan distinto como la distancia que va de Madame Bovary —y Flaubert como protagonista absoluto diferido— a Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez, donde las operaciones literarias se ajustan de forma escrupulosa a una veracidad fáctica que el propio Cercas ha practicado de forma pionera al menos desde Soldados de Salamina y, sobre todo y más radicalmente, desde Anatomía de un instante.






