La escritora Raquel Presumido reflexiona sobre la pérdida de su perrita Wanda y pone en perspectiva la búsqueda con final feliz de Boro, el célebre can de la tragedia de Adamuz

En esa pantalla macabra que coloco frente a mis ojos cada noche antes de irme a dormir hay una mujer. Es una mujer joven, con el pelo alborotado y tiritas en la cara. Se llama Ana. Ha sobrevivido al accidente ferroviario en Adamuz. Su hermana Raquel, embarazada, se encuentra en la UCI con graves lesiones. Pide entre lágrimas que la ayuden a encontrar a su perro.

Las dos viajaban con Boro, un perro negro con el pecho blanco. Tras el impacto, Boro salió asustado del vagón, internándose en el monte. Ana pide: “Por favor, si podéis ayudar a buscar a los animales. Tenemos muchos y son familia también”. “Familia también”, dos palabras que caen como enormes losas a las hondas aguas de mi pecho. Lloro al unísono con Ana. Un llanto que se mezcla con el que vengo llorando cuatro días, desde que tuve que eutanasiar a mi Boro, Wanda. Wanda era mi “familia también” desde 2012, cuando llegó a casa con solo dos meses de edad.

Mi perra llevaba un tiempo enferma, siendo un bultito lento y dolorido, lejos del torbellino de actividad y alegría que había sido durante toda su vida, la vida que pasó junto a mí y mi “familia también”. Pero esta no es la única vez que Wanda se muere. En marzo de 2025 se perdió, ciega y sorda como era, en las inmediaciones del río de mi pueblo. La buscamos durante días. Ahí me di cuenta de lo sucio que estaba mi río. Por cada bolsa blanca varada en la orilla, un ataque al corazón. No era ella.