La leyenda de la ciudad sin nombre es un divertido wéstern musical en el que una panda de mineros anárquicos monta un pueblo en mitad de la nada después de haber descubierto una veta de oro. En una de las escenas más divertidas, Lee Marvin —que interpreta a un buscador de oro memorable— saca una botella de alcohol (a la hora del desayuno) delante de un grupo de cuáqueros. Una mujer le pregunta: “¿No ha leído usted la Biblia”. A lo que Marvin responde: “Sí, señora”. “¿Y no le quitó la afición por la bebida?”. “No, señora, me quitó la afición por la lectura”.
Leer no es una virtud en sí misma —y no lo digo por la Biblia, que no deja de ser un relato extraordinario más allá de las creencias personales—, de hecho muchos dictadores se empeñan en escribir libros y hacer obligatorio que el pueblo los lea —en la Rumania comunista se decía que las librerías solo tenían libros sobre el matrimonio Ceausescu o directamente escritos por ellos—. Sin embargo, tampoco se puede decir que sea una actividad especialmente dañina, por mucho que la influencer María Pombo haya lanzado una diatriba contra los lectores. “No sois mejores porque os guste leer, hay que superarlo”, ha dicho en un vídeo de TikTok después de que su estantería apareciese con libros que solo servían como objetos decorativos.






