El camino hacia los cultivos serpentea acantilados y abruptos barrancos en el suroeste de la isla de Gran Canaria. El paisaje cambia en pocos kilómetros: de la costa turística del puerto de Mogán a un territorio casi intacto, con tabaibales que se regeneran en cuanto caen unas gotas de lluvia y un rocoso valle que desciende hasta el mar. Desde allí, el horizonte lo domina el Roque Nublo, al fondo, mientras el aire que baja de la cumbre refresca el ambiente....
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En el epicentro de este enclave se encuentra la finca de Veneguera, 2.500 hectáreas que el grupo hotelero Lopesan compró en 2014. La compañía, uno de los grandes referentes del turismo canario —con hoteles que van desde resorts de lujo hasta complejos familiares como Costa Meloneras, uno de los más grandes de Europa, con más de un millar de habitaciones—, buscaba aquí un proyecto singular: recuperar el cultivo en un espacio abandonado y abastecer a sus hoteles con fruta de kilómetro cero.
La decisión, como todo lo que sucede en una isla rendida al turismo, no estuvo exenta de debate. Durante años, colectivos vecinales defendieron que la zona debía protegerse de la voracidad inversionista. La compra de la finca, finalmente destinada a la agricultura, ha calmado esas tensiones: Veneguera en esta década continúa como un espacio virgen, agrícola y protegido. Aunque no siempre fue así, en la década de los cincuenta la zona fue un referente en cultivos de tomate y plátano, con escuelas, ermita, panaderías y cuadras integradas en el día a día de miles de habitantes. Una producción que llegaba semanalmente hasta Canary Wharf, los legendarios muelles que conectaban el Támesis con el mar del Norte.






