Los tiranos han recibido muchos nombres —príncipe, monarca, zar, führer, caudillo, duce—, pero todos tienen algunas cosas en común. Los historiadores de la antigüedad describen cómo la capacidad del primer emperador romano para “organizar la opinión” le permitió mantener la apariencia de salvaguardar la democracia mientras subvertía sus instituciones para crear un “nuevo Estado”. Los polit...
ólogos observan un fenómeno similar. No se trata solo de distorsionar la realidad o cultivar una imagen: exige la subversión activa y la destrucción gradual del Estado de derecho.
No es casualidad que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, se enfrente a graves cargos de corrupción, y que el presidente estadounidense, Donald Trump, sea el primer delincuente convicto en ocupar el cargo. Lo mismo ocurre con el brasileño Jair Bolsonaro y el colombiano Álvaro Uribe, dos exautócratas que buscan un regreso político. En el fondo, los tiranos son delincuentes.
Esto puede ser clave para entender el atractivo de los populistas-autoritarios: aunque son ricos y privilegiados, consiguen presentarse como auténticos representantes del “pueblo” y baluartes contra los excesos de las “élites”. Los delincuentes son fundamentalmente marginados, por lo que sus batallas legales pueden presentarse como prueba de que las instituciones estatales atacan activamente a quienes desafían al establishment.







