Son tiempos de aires despóticos. Hasta hace unos años ―al menos en Occidente―, la percepción de la figura del dictador sangriento era una catastrófica particularidad en vías de extinción. Extrañamente, ya no se siente así. Con otro estilo, otras tácticas y otras armas, esas figuras tenebrosas perviven. Hace apenas unos días Vladimir Putin, Xi Jinping y Kim Jong-un disfrutaban en Pekín de una de las exhibiciones de poder militar más abrumadoras que se recuerdan. Más allá de la geopolítica y los negocios, los tres mandatarios coinciden en presidir sus respectivos países sin ningún tipo de control democrático: Putin lleva más de un cuarto de siglo dictando los pasos de la nación más grande del mundo, el gran jefe chino conduce sin apenas oposición un territorio que alberga más del 17% de la población del planeta desde 2013 (y el partido comunista chino, desde 1949), y Kim Jong-un manda en Corea del Norte desde 2011, aunque la dinastía Kim supere los 75 años en el poder.
Hay otras efemérides. Hace poco se cumplió un siglo de la publicación de Mein Kampf y en breve se cumplirá medio siglo de la muerte del dictador Franco. A Hitler y a Franco les une una historia de ignominia ―cada uno a su estilo y con resultados diferentes―, pero también una estrafalaria querencia por las letras. Y no anduvieron solos en esto. Muchos otros dictadores también publicaron obras.






