Para el fascismo, la violencia constituye el verdadero encanto del mundo; por eso Putin, Trump y Netanyahu son fascistas

“El Tercer Reich comienza a mil metros sobre el nivel del mar”, escribió el escritor y militar nazi Adam Wandruszka, según una cita que recojo del brillante libro de Pablo Batalla, La bandera en la cumbre, en cuya presentación tuve la suerte de participar hace unos días. Batalla se pregunta de cuántas maneras se puede subir una montaña: no con cuántos pies o piolets o cuerdas, sino con qué ideas en la cabeza. Entre los distintos tipos de montañismo de los que se ocupa (el liberal, el conservador, el feminista, el cristiano, el comunista, etcétera), se incluye también -claro- el fascista, que veía en las cimas un desafío a la voluntad y un alojamiento de los dioses, última frontera ent...

re la tierra y el aire, como se anticipa ya en La luz azul, la hipnótica película de 1932 de Leni Riefenstahl. De la montaña a los fascistas les atraía lo mismo que horrorizaba a los primeros sherpas del Himalaya: el sacrilegio, la idea de destronar a los dioses para ocupar su lugar.

¿Qué lugar es ese? Uno que puede ser mirado en la distancia desde el valle y uno desde el que se puede mirar la distancia misma cuando se corona su cima. A cada uno de ellos, diría yo, corresponde una forma distinta de vértigo, malestar del que no se ocupa Batalla, salvo cuando emplea una oportuna metáfora (“proletarios del vértigo”) para referirse a los guías y porteadores ignorados por los facedores de hazañas. El vértigo es una cosa muy rara; no una relación con el vacío sino con la tierra. Los que padecemos realmente de acrofobia sabemos que solo de manera secundaria tiene que ver con el miedo. Es, por el contrario, un deseo. No es —quiero decir— el terror a caer sino la tentación irresistible de tirarse; no el terror al vacío sino el deseo de anularlo (el vacío) con el propio cuerpo; de —literalmente— volver a la tierra, de chocar contra ella, de recuperarla de manera violenta y definitiva. Lo que ocurre, claro, es que ese deseo da miedo. Me recuerdo a mí mismo, hace muchos años, bajando una noche de espaldas al abismo con la cara en la roca y los ojos cerrados, protegido por un guía, mientras le pedía desesperado a mi novia que no me dejase tirarme: cada vez que miraba, en efecto, ese impulso me dominaba por completo. Y me sentía aterrorizado de mi propia ambición.