Donald Trump, Vladímir Putin, Benjamín Netanyahu y Alí Jameneí son líderes profundamente diferentes, al mando de países que en muchos sentidos se hallan en las antípodas unos de otros. No obstante, comparten un rasgo fundamental para entender la época en la que nos adentramos: la disposición a sembrar el caos en el mundo para hacer avanzar sus intereses nacionales o personales. Esa disposición es un factor clave del acelerado hundimiento del mundo en una espiral de conflictos. Es fundamental comprenderlo.

Fíjense en Netanyahu, el líder israelí que libra una ofensiva despiadada contra Gaza, con un indescriptible sufrimiento para los civiles y con el objetivo declarado de erradicar a Hamás. Conviene no olvidar que su Gobierno admitió recientemente haber permitido la transferencia de fondos desde Qatar al propio Hamás con el deseo de fomentar la división entre los palestinos. Un auténtico emblema de la lógica terrible del caos.

Ahora, Netanyahu no esconde que, junto con la voluntad de arrasar el programa nuclear y la fuerza de Irán con los misiles, el objetivo de su ofensiva contra la República Islámica es un cambio de régimen. Poca duda cabe de que si, además de un cambio de régimen, se produjese un conflicto interno y una fragmentación de Irán, a Netanyahu no le disgustaría en absoluto. A la vista de sus antecedentes, cabe preguntarse si, llegada la oportunidad, además de no disgustarle, la promovería activamente, sin cuidado ninguno en términos de consecuencias para los civiles de Irán.