El historiador Sergio Luzzatto sitúa al marqués de Morès como el precursor de la ideología, la praxis e incluso la estética de los movimientos fascistas

A todos los países les gusta sentirse distintos a los demás. En realidad, querrían decir mejores, salvo que hayan optado por el victimismo, pero queda feo decirlo abiertamente. Por eso resulta mucho más conveniente proclamar que son inmunes a los peores fenómenos de la historia, desde el colonialismo extractivista hasta el fanatismo religioso, pasando por el totalitarismo político, especialmente el fascismo. ...

Así, no mucho tiempo atrás, en Estados Unidos afirmaban que su sistema de contrapesos hacía imposible que cayeran en este tipo de autoritarismo, aunque escritores como Philip Roth daban ya la voz de alarma en obras como La conjura contra América. Pero si una nación se había considerado a resguardo de la bestia había sido Francia, patria de la revolución y los derechos del hombre y por tanto libre del virus fascista excepto por imposición de un ocupante extranjero.

Tuvo que ser un investigador norteamericano, Robert O. Paxton, quien alertara de que el hexágono iba desnudo y que la naturaleza del régimen de Vichy era inequívocamente gala, mientras que otro historiador, el israelí Zeev ­Sternhell, fue incluso más lejos y defendió que, a su juicio, había sido en Francia donde se había incubado intelectualmente el huevo de la serpiente fascista. Más desconocido en España, a Sternhell conviene también recordarlo porque fue uno de los primeros en advertir de que haber sufrido un genocidio no inmunizaba automáticamente como perpetrador.