Trump cada día se parece más al dios romano de dos caras: un rostro afable y esperanzado en los asuntos internacionales y otro huraño y desconfiado en los nacionales
¿Puede un presidente ser Mandela en política exterior y Berlusconi en política doméstica? ¿Puede un presidente desmantelar la democracia en su país y construir la paz en el mundo?...
Trump cada día se parece más a Jano, el dios romano de dos caras. El republicano presenta un rostro afable y esperanzado en los asuntos internacionales y otro huraño y desconfiado en los nacionales. O, como dice Erica Green en The New York Times (la versión moderna de la mitología clásica), la gente ve a Trump en una pantalla de televisor partida por la mitad: a un lado, su ánimo pacificador en Palestina; al otro, su furor guerrero en Estados Unidos. Una cara de Trump dice: tras 3.000 años, “por fin hay paz en Oriente Próximo”. La otra: “Odio a mis oponentes”.
Ningún otro gran líder occidental tiene los dos rostros tan marcados como Trump, pero a todos (Starmer, Macron, Merz o Sánchez) se les está poniendo cara de Jano, con un creciente contraste entre su inmaculada reputación global y su menguante popularidad doméstica. Un detalle que quizás no es casual: a ellas no parece pasarles. Sheinbaum supera en aprobación a López Obrador y Meloni combina valoración interna y prestigio internacional, cumpliendo ahora tres años en el poder, un récord en Italia.






