1. Esta crónica tiene dos partes: una narcisista y privada, la otra pública y global. Pero ambas pretenden demostrar que la frase de Mark Twain, ya convertida en aforismo, según la cual la historia, aunque no se repita, a veces rima, resulta obviamente incompleta. Es necesario subrayar la idea mayor que preside el desarrollo de los acontecimientos históricos: la mención de que, entre la expectativa y el hecho, se yergue siempre la sorpresa.

La sorpresa, sí, la sorpresa que hace que, entre la repetición y la rima, surja algo que nunca nos imaginamos que pudiera suceder. Para ilustrar lo que acabo de escribir, voy a recurrir a una historia privada, personal y egocéntrica, como he anunciado. Es esta: cuando yo tenía tres días de vida, mi abuela materna pasó una aguja por la llama del alcohol, se acercó a mi madre, que me sostenía en brazos, y me perforó las orejas. Siempre me han dicho que berreé con gritos desproporcionados para mi tamaño y durante mucho más tiempo del esperado. Luego, pasaron un hilo empapado en aceite de oliva por cada uno de los agujeros, y mi padrino, en lugar de ofrecerme unos aritos invisibles, me dio unos pendientes de verdad. De este modo, diminuta y calva, yo chupaba ávidamente la leche de los pechos de mi madre, con dos colgantes de oro, uno a cada lado de la cabeza.