En 2021, la periodista Anne Applebaum afirmó su convicción de que los partidos de centroderecha eran los mejor equipados para batallar contra la extrema derecha, pues todavía tenían la capacidad de llegar a los votantes tradicionales y darles un sentido de pertenencia. Applebaum señalaba el desarraigo como nutriente fundamental de los nuevos populismos e indicaba que un centroderecha fuerte que t...
rabajase en la política real podía evitar que estos votantes se sintiesen perdidos en una sociedad en transformación constante. Sin embargo, parece que, ante el auge de los partidos de extrema derecha, el riesgo es que sean los conservadores quienes se sientan perdidos y se les plantee la trampa de querer ser como ellos. De coquetear con sus temas y modos, cayendo en su política divisiva simplista y reforzando la tentación autoritaria.
Esta semana la actualidad nos ha dejado dos fogonazos que nos recuerdan estas cuestiones. El primero, el mazazo de los conservadores en las elecciones de Noruega, que, de liderar las encuestas en 2024, han pasado a quedar por detrás del ultraderechista Partido del Progreso, segunda fuerza tras la izquierda laborista. El segundo, el barómetro mensual de 40dB, que muestra cómo se dispara la estimación de voto de Vox a costa de un PP con los peores datos desde las generales del 23J. Un mal resultado que llega la misma semana que vemos a Alberto Núñez Feijóo compartiendo en redes su tímido talento musical al son de Mi limón, mi limonero y bajo el rótulo malote de “Me gusta la fruta”. El mismo Feijóo que venía a hacer política adulta en una España en la que cabemos todos. El mismo PP que se suma a jugar la carta de la inmigración. El mismo partido de frase hueca que rima y líderes a quienes se les va la mano por la boca. Como a Elías Bendodo, llamando “pirómana” a la directora de Protección Civil, o a un Miguel Tellado siempre macarra, instando a cavar fosas para enterrar al Gobierno.






