Por suerte para todos, la Fórmula 1 actual aún deja hueco a los contrastes. Algunos tan vistosos como el que ofreció Max Verstappen en Monza, de donde salió a hombros después de pasarles la mano por la cara a los McLaren y de anestesiar a los tifosi, entregados como siempre a un Ferrari que sigue sin levantar el vuelo. Un año después de definir su Red Bull como un “monstruo” y de cruzar la meta el sexto a casi 40 segundos del ganador, el actual campeón cuadró un fin de semana de fábula, con una ‘pole position’ para la historia –la vuelta más rápida de siempre– y un triunfo para enmarcar, el tercero de los suyos en lo que llevamos de calendario. En plena racha triunfante de los monoplazas papaya, que llegaron a Italia surfeando una racha de cinco victorias consecutivas, el actual campeón dio un paso al frente para decir aquí estoy yo, y dejar claro que si hay un monstruo en el campeonato solo puede ser él.
Subido a un coche disfrazado de proyectil, el mejor atuendo posible en el Templo de la Velocidad, Verstappen no tuvo piedad de Lando Norris y Oscar Piastri, los dos únicos que le pusieron un poco de intríngulis a la cosa, por más que nunca llegaran a tenerle a tiro. La segunda plaza del británico reduce un pelín el colchón a favor del australiano (tercero), que dispone de 31 puntos de cuello cuando todavía faltan nueve grandes premios antes de ponerle el cerrojo a un Mundial que difícilmente se teñirá de un color que no sea el naranja. Fernando Alonso reventó la suspensión de su Aston Martin cuando tenía la octava plaza a tiro y no tuvo más remedio que abandonar. Carlos Sainz, por su parte, cruzó la meta el undécimo después de sufrir un toque con Oliver Bearman.















