El holandés firma el primer doblete del curso y aprieta aún más la lucha por el título. Lando Norris y Charles Leclerc completan el podio
A McLaren ya le debe de haber entrado el tembleque al ver llegar a Max Verstappen, que se hace más grande en los retrovisores de Oscar Piastri y Lando Norris a cada gran premio que pasa y que, él solito, porque Yuki Tsunoda, su compañero de equipo, ni está ni se le espera, se ha ido fabricando las opciones de meterse de lleno en la gresca por el título. A los enamorados que todavía lloran a Ayrton Senna nadie les convencerá de la existencia de un piloto con más magia que él. Quien no vio a Michael Schumacher pasar el rodillo vestido de rojo a principios de los años 2000 (cinco títulos encadenados) se perdió una de las eras más legendarias de la Fórmula 1. Independientemente de cómo acabe este curso, Verstappen se ha ganado a pulso que la gente le siente en la misma mesa en la que coinciden el alemán, el brasileño y pocos más.
Hay mensajes inequívocos que las estadísticas todavía subrayan un poco más. En Austin, el actual campeón se dio un festín que, ahora sí, le etiqueta como candidato a un Mundial que hace menos de dos meses parecía tener completamente perdido. El punto de inflexión se produjo en Monza, donde Red Bull introdujo un nuevo fondo plano en el prototipo del holandés, que extendió las alas a partir de entonces y se puso a volar. Aquel cambio serenó al búfalo rojo y revitalizó a su piloto, que activó el modo Mad Max y salió a la caza de los dos bólidos papaya.










