A sus 29 años, Marta echa la vista atrás y rememora los ocho en los que estuvo saliendo con su expareja. Abandonar la rutina diaria de mantener un contacto con otra persona con la que hemos compartido una fuerte conexión siempre es difícil. Pero, en algunos casos, esa separación arrastra consigo ciertos daños colaterales que pueden hacer más intenso el sentimiento negativo: esas nuevas personas que conocimos a través de nuestra pareja y que, al cortar, desaparecen. Ya sean amigos, familiares o incluso mascotas.
Y Marta conoce esa experiencia al dedillo: “Por la parte familiar, mi relación era excelente. Su círculo se limitaba a sus padres, pero eran unas personas a las que quería muchísimo. Para mí, se llegaron a convertir en familia. Y con su entorno de amigos, que era más amplio, había de todo. Con algunos de ellos sentía una verdadera amistad, con otros nunca se traspasó la barrera de ‘son amigos de mi pareja”.
Cuando borramos a una persona de nuestra vida, o al menos la relación que nos ataba a ella, a menudo esto perjudica a terceros. Si estos solo son ‘amigos de’ el daño es menor, pero cuando son calificados como ‘mis amigos’, todo cambia: “Cuando tienes una pareja y conoces a su grupo, te genera también un vínculo emocional y afectivo con esas personas, con independencia de la figura o lugar que ocupe tu pareja. Es una pérdida añadida porque hay cariño y un vínculo afectivo. También es un duelo sentimental. Son relaciones o lazos que se crean”, explica María Álvarez, psicóloga sanitaria.






