El comienzo de curso no solo trae mochilas nuevas y cuadernos en blanco: también despierta incertidumbre, nervios y miedos ante la expectativa de todo lo que está por venir. Y frente a ese vértigo, la educación empieza a mirar más allá de las materias tradicionales, permitiendo trabajar las emociones y la creatividad en al aula. Porque —y en esto coinciden docentes y expertos— si hay algo que de verdad ayuda a los alumnos a entrar en clase con confianza es crear los espacios necesarios para que puedan trabajar las emociones y la creatividad, aprender a expresarse con asertividad y atreverse a imaginar sin miedo a equivocarse.

La Fundación Botín lleva más de 20 años demostrando que trabajar con las emociones cambia la manera de aprender: la atmósfera mejora, los niños se sienten más seguros y conectados con sus profesores y compañeros, y disfrutan más en el aula. La Lomloe incluye la educación emocional y el fomento de la creatividad a través de amplios enfoques curriculares; en los centros educativos, dinámicas sencillas han servido para transformar la convivencia y devolver la ilusión por aprender; y fuera de la escuela, hay quien recuerda que el asombro también se cultiva en casa: mirar las estrellas unos minutos o jugar con las sombras antes de dormir puede despertar más curiosidad que una tarde entera de deberes, nos cuenta Luis Martín, CEO y cofundador de Academia de Inventores. Porque aprender no es solo estudiar; también es maravillarse, crear y compartir.