El sueño de la razón produce monstruos y, entre la falta de escuela y la lentitud pastosa con que pasan las horas en verano, los niños en casa tienen ideas. “¡Mamá, mañana te traigo el desayuno a la cama!”. Por favor, no.
Hay pocos temas capaces de unir al mundo en torno a una sola opinión unánime. Uno de ellos es el de las migas en las sábanas. Irritan a todos. En inglés, la expresión “I would let you eat crackers on my bed anytime” —que podría traducirse como “te dejaría comer galletas en mi cama cuando quisieras”— significa estar dispuesto a sufrir el tormento de los restos de comida entre cojines a cambio de un rato de intimidad.
En este país vivimos imbuidos de una suerte de espíritu de Bienvenido Míster Marshall perenne y tenemos una facilidad pasmosa para autocensurarnos hasta el punto de mandar callar el sentido común más elemental y comprar, con entusiasmo, cualquier moto que nos quieran vender por la tele. Nos pasó con los cupcakes, y casi una década duró la broma de pagar seis euros por un pastelito seco cubierto de un dedo de azúcar y colorante. Nos pasó con el Black Friday, ahí estamos, abalanzándonos a las compras absurdas durante una semana de descuentos masivos, olvidando que es como jugar al casino y siempre gana la banca. Nos pasó con el prime time, y tenemos a medio país con la salvajada de acostarse a las dos de la madrugada para poder ver terminar su programa favorito. Nos pasó con la Coca-Cola, y hoy nos cuesta Dios y ayuda reconducir la opinión pública hacia la certeza de que el agua ha sido siempre más buena, más bonita y más barata que la felicidad con etiqueta roja y envase de 33cl.






