La artista Sophie Calle es de las que sostiene que el lecho es el espacio en que más vulnerables somos, donde se revela nuestra condición interdependiente

Se terminaban los años setenta y Sophie Calle se inventó un juego: “He pedido a algunas personas que me concedan unas horas de su sueño. Que vengan a dormir a mi cama”. A cambio, los extraños durmientes tenían que dejarse fotografiar. Su habitación propia estuvo ocupada sin interrupción por sueños ajenos durante casi una semana entera. Sophie tomaba notas de posturas y abrazos, como una etnógrafa de la vida íntima.

Esta investigación tenía el propósito de pensar el dormitorio como un territorio político: la cama es el espacio donde tiene lugar el encuentro con los otros, y por eso es mullida y generosa. Nos pasamos media vida durmiendo, y la otra media pensando que dormir es una práctica privada e individual. Sophie Calle nos susurra entre sueños que se trata más bien de lo contrario: al dormir, nos abandonamos al abrazo de todos aquellos seres que, humanos o no, nos rodean y nos sostienen. Justo allí donde más vulnerables somos, porque nuestra conciencia se disuelve, se revela nuestra condición interdependiente. No se trata tanto de que haya extraños que, cada noche, se metan en nuestra cama: es más bien la cama, que nos aguanta y recibe nuestra impotencia como un don misterioso, la que se compone de los miles de brazos, vientres y piernas de las criaturas que nos acompañan en la vida.