El espacio sagrado de creación y ‘performance’ de la artista es el templo inalcanzable para una sociedad que se está matando de sueño

La primera entrevista que vi en la que Rosalía hablaba de Lux aparecía tumbada en la cama de Mar Vallverdú. Nunca imaginé que aquel gesto de intimidad en el podcast Radio Noia sería crucial en la campaña de marketing de su último álbum. Desde aquella charla, la cama de Rosalía me persigue por todas partes. Desbloqueo la pantalla de mi teléfono y ahí está, Rosalía retor...

ciéndose en su cama y convirtiéndose en paloma en el videoclip de Berghain. Rosalía contemplativa ante 900 personas entre sábanas XXL, presidiendo la sala oval del MNAC. Rosalía, contando a Xavi Sancho en El País Semanal que ella nunca crea sentada y que solo puede trabajar tumbada en la cama. Rosalía, cantando La Perla sobre varios colchones en el programa de Jimmy Fallon. La cama de Rosalía es la gran paradoja de nuestro tiempo: ese espacio sagrado suyo de creación y de performance es el templo inalcanzable para una sociedad que se está matando de sueño.

Rosalía cruza el charco para presentar La Perla en el show de Jimmy Fallon. Y lo hace vestida de novia, subtitulada para que quede clarito, encima de un pastel que lo forman los innumerables colchones de la infidelidad. Y se la goza soltando cada frase. Es exquisita. pic.twitter.com/fI2rrBICXB