El experimento orquestal y místico de la catalana es un disco anticomercial que funciona como aventura sensorial y exhibición vocal a pesar de puntuales debilidades
Estas dos cosas nadie las vio venir: la conversión de Rosalía de arrabalera motomami a inmaculada monja, y que medio planeta esté escuchando en estos momentos los excelsos violines de la Orquesta Sinfónica de Londres, el arquitecto sonoro sobre el que asciende Lux. Rosalía (Barcelona, 33 años) suma cuatro discos en su todavía corta carrera, cada entrega una aventura diferente: en Los ángeles (2017) se entregó al flamenco más o menos primario desde la visión de una veinteañera y con la guitarra española punk de Refree; en El Mal Querer (2018) contribuyó a la modernización de la música de raíz española para hablar del amor dañino; en Motomami (2022) abrazó el Caribe y las tendencias comerciales urbanas, y ahora ofrece Lux, que nada tiene que ver con lo anterior e incluso puede hasta colisionar con sus obras pasadas. Olé por ella. Para darse cuenta de lo radicalmente inquieta que es esta artista baste recordar que en sus inicios se la tildaba de “cantaora” y luego se la acusaba absurdamente de “apropiación cultural”. Dónde quedó eso ya… Está claro que con Rosalía la vida es vertiginosa.









