Las películas que exploran las mentes y los cuerpos de las mujeres en torno al aborto en ambientes opresivos tienen en el doblete formado por 4 meses, 3 semanas, 2 días, de Cristian Mungiu, y El secreto de Vera Drake, de Mike Leigh, dos posibles paradigmas para la narración, el tono y las decisiones de estilo. La primera, áspera como una lija en la córnea, de un realismo casi inmersivo; la segunda, compleja y conmovedora como el dilema moral que contiene una temática que amalgama el alivio y el dolor. En su segunda obra, la georgiana Dea Kulumbegashvili da un paso más desde la rigurosidad del lenguaje cinematográfico y desde un activismo social cargado de simbolismo y provocación.
Beginning, la ópera prima de Kulumbegashvili, que arrasó en el festival de San Sebastián de 2020 con la Concha de Oro y los premios a la mejor dirección, guion y actriz, dejó extasiada a una mayoría de la crítica, la más proclive a la exaltación del experimentalismo, frente a los tiranos del relato y la turbación a través de los personajes. Sin embargo, quizá estemos los de en medio —llamadnos equidistantes como posible insulto ideológico y cultural—, los que agradecemos la vanguardia y la búsqueda de nuevas vías, pero no nos tragamos cualquier sapo con ínfulas de ruptura. Esas películas que parecen realizadas para contentar a los apóstoles de Locarno y otros festivales con fama de seleccionar cualquier cosa que huela a escupitajo contra el clasicismo. Y Beginning, que poseía abundantes planos imponentes alargados durante minutos sin corte de montaje, dispuestos para el arrebato, también se podía atragantar como un mantecado en agosto. Algo que le puede ocurrir a April, con una sistemática que sumará razones para que ambos bandos se enquisten en su trinchera.








