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La energía para mover un molino viene del agua o del viento. La energía para mover un carro de caballos viene de, bueno, de los caballos, justamente. Cuando el ingeniero británico Richard Trevithick construyó el primer tren en 1804, tuvo que cambiar los caballos por la máquina de vapor inventada por James Watt 35 años antes. El inmenso éxito del automóvil no fue una genialidad de Karl Benz —el Elon Musk de finales del XIX—, sino de Nikolaus August Otto, que ideó el motor de combustión de cuatro tiempos que le alimenta de energía. Cada nuevo sistema de trasporte ha requerido la invención de un nuevo motor.

‌La biología no funciona así en absoluto. Los circuitos neuronales que nos permiten leer, que son una de las invenciones más recientes de la evolución, se alimentan de energía por el mismo motor que utilizaban las bacterias hace 4.000 millones de años, en los albores de la vida en el planeta Tierra.

‌Se llama metabolismo central, y consiste en una red compleja de reacciones químicas que obtiene y gestiona cualquier fuente de energía disponible, desde la luz solar hasta las hamburguesas, desde las fumarolas de azufre de las dorsales oceánicas hasta el fitoplancton y de ahí al zooplancton, la sardina, el atún y el tiburón. Todos los motores biológicos son el mismo, y se inventó una sola vez en el amanecer de la evolución.