Parece que la tecnología avanza rapidísimo, pero sus raíces, una ingrata y mal financiada investigación básica, crecen mucho más despacio de lo que se piensa
Propone Ignacio Sánchez-Cuenca que la confianza menguante en la democracia se debe a su lentitud en adaptarse a los rápidos cambios que la ciencia impone a la sociedad. Como antiguo científico, no puedo evitar sentirme halagado por esa hipótesis, que me inviste con la agilidad de un Aquiles en comparación con la cachaza de tortuga con que se mueve el pensamiento político. A nada que lo pienso un poco más, sin embargo, me doy cuenta de que no puedo aceptar el premio. Esta carrera, en realidad, no es entre Aquiles y la tortuga, sino entre dos tortugas de lentitud exasperante. Por eso la carrera no se acaba nunca.
Los mismos ejemplos que pone Sánchez-Cuenca nos sirven para ilustrarlo. El teléfono móvil se ha hecho con nuestra rutina diaria en solo un par de décadas, es cierto, pero la ciencia que subyace a él tiene ya un siglo y cuarto. Nació en 1900 con la mecánica cuántica de Max Planck, cuando la tecnología de comunicaciones dominante era el telégrafo y la gente se seguía desplazando en coche de caballos.
El ejemplo más reciente de rapidez científica que nos viene a la cabeza es la vacuna de la covid, que estaba lista a solo un año de declararse la pandemia. Pero solemos olvidar que ello solo fue posible gracias a una ciencia que había sido desarrollada casi en solitario por dos visionarios, Katalin Karikó y Drew Weissman, que pusieron a punto la tecnología del ARN mensajero durante 20 años de investigación heroica, mal financiada y desdeñada por la industria farmacéutica y el establishment científico de la época. El ARN mensajero, por cierto, se descubrió en 1961 como consecuencia directa de la doble hélice del ADN hallada en 1953. Eso hace un total de 70 años para hacer la vacuna de la covid. Otra tortuga.






