La duda es la grieta que permite poner las cosas bajo interrogación, preguntarnos por las razones, conocer más y mejor. El paso que permite pasar de la afirmación “yo soy” a “yo creo” requiere de algo tan esencial como la duda. La duda siempre está cuando el propósito que nos mueve es saber más de un asunto, comprenderlo. No sorprende que el vestido de la creciente ola de extrema derecha sea justamente lo opuesto a la duda. La arrogancia con que muchos afirman y sentencian hoy parece propia de quien no se hace preguntas, porque asume directamente las respuestas que otros le lanzan, como herramientas o como armas.
Diría que hay un contexto propicio para todo ello en las pantallas. Llevamos tiempo viendo cómo la apariencia de sentido amenaza con comerse el sentido, empujando a la espectacularización de la vida en ellas. Me refiero al espectáculo como una forma de organización de la vida social basada en la apariencia, que de manera preocupante no busca diálogo ni pregunta, aval científico ni información contrastada. Que sí busca audiencia y monetización de números. Ese valor tan fácilmente hackeable como poderoso que lleva tiempo ocultando los valores que más importan como humanos y como sociedad y que precisan duda, ética y educación.






