Pobrecito el verbo “carbonizar”, abandonado por periodistas y portavoces como si hubiera hecho algo malo. Podía haber obtenido en estas semanas su momento estelar, cuando cerca de 400.000 hectáreas de masa arbórea se reducían a carbón (eso significa “carbonizar”). Él levantaba la mano invocando su idoneidad para la ocasión, pero se desoían su valor, su rigor, su precisión. Algún designio ha impuesto en su lugar del verbo “calcinar”, que etimológicamente se refiere a “reducir a cal” y que por tanto se puede presumir destinado a aparecer cuando se queman coches, avionetas, casas o metales en general.
Es lo que tiene la pérdida de riqueza léxica, que “escuchar” ha invadido el terreno de “oír”; que “generar” anula a “producir” o “crear”; que “arrancar” ha desplazado a “empezar”, “comenzar”, “emprender”, “iniciarse”… Y que “calcinar” ha quemado a “carbonizar”.
“Calcinar” aparecía en el primer diccionario académico (1729) con el solo sentido de “reducir a polvo los metales u otras materias sólidas por medio del fuego”, y con la etimología latina de calx, calcis, la cal, “por quedar como el polvo de ella”.
“Carbonizar”, por su parte, se definía como “hacer carbón una cosa, encendiéndola, y poniéndola hecha ascua”. No obstante, los primeros académicos advertían: “Es de poco uso”. Quizás porque entonces no se incendiaban los bosques como ahora; o porque no había televisión para contarlo.






