Los incendios en áreas silvestres son de una complejidad extraordinaria, difícil de plasmar en una breve columna con la profundidad requerida. Ahora bien, sí conviene señalar algunas cuestiones que encarrilen el debate público, porque con cada incendio se encienden fuegos aún más devastadores: el populismo acientífico y la confusión. Se ignoran datos y se abrazan lugares comunes, cuando no se emiten calculados mensajes de parte.
Uno de esos lugares comunes es el “abandono”, palabra repetida hasta el agotamiento por políticos, periodistas y tertulianos. ¿Cómo medimos ese abandono? A continuación, aparecen las consignas “limpieza”, “suciedad” y “desbroce”, términos no inocentes que lo aplastan todo dialécticamente. Pero la realidad tiene otras perspectivas: lo que se llama suciedad o broza es biodiversidad, hábitats que sostienen flora y fauna, sumideros de carbono.
Las cifras oficiales (y públicas) indican que desde 1968 hasta 1999 —cuando había poco “abandono”— no se bajaba de 100.000 hectáreas quemadas al año, con picos de más de 400.000 (1994). Hubo significativas mejoras con el cambio de siglo, si bien con repuntes graves en 2012, 2017 o 2022. Si el “abandono” explicase algo, las estadísticas serían muy diferentes. En definitiva, cuando alguien introduce este comodín, podemos pensar que no ha dedicado un gran esfuerzo a esta materia ni, probablemente, está realmente interesado en buscar soluciones.






