La prevención vuelve a ser la debilidad de una región que tiembla cada vez que los problemas se convierten en ogros por la pésima gestión de sus dirigentes políticos. La negligencia de la Junta de Castilla y León en materia de prevención de incendios es flagrante. Es espeluznante escuchar al periodista de EL PAÍS en Castilla y León narrar episodios de abandono, maltrato institucional, precariedad, desidia y falta de planificación por parte de una administración que no afronta los problemas desde la raíz. Es sobrecogedor escuchar los testimonios de paisanos desalojados de sus casas, viendo peligrar sus vidas y sus trabajos, alcaldes de pueblos afectados y bomberos que tiran de sus propios recursos para intentar mitigar la voracidad del fuego. La ciudadanía se está organizando a espaldas de una administración regional que no asume responsabilidades, que vive ajena a una sociedad harta de promesas.
Ana Belén Pérez Villa. Soria
Palestina es un espejo donde se reflejan nuestras democracias, nuestras banderas y nuestros silencios. Más de 60.000 muertos —casi 20.000 niños— víctimas de un genocidio perpetrado con tecnología occidental. Y aún hay quienes hablan de “derecho a defenderse”. Europa se proclama defensora de los derechos humanos, pero no detiene el castigo colectivo a una población sitiada. Condena la invasión de Ucrania, pero calla ante una ocupación de décadas y un exterminio televisado. “Nunca más” debía aplicarse a todos los pueblos, no solo a algunos. La paradoja es obscena: quienes se dicen “provida” callan ante la desnutrición y muerte de miles de niños; quienes veneran a la familia justifican la deportación de las ajenas; quienes claman “libertad” aplauden la tortura. En Palestina se revela no solo la crueldad de un Estado, sino la complicidad de un orden global que decide qué vidas merecen duelo. Si este es el reflejo de Occidente, es hora de mirarnos… y avergonzarnos.







