El entrenamiento de fuerza está en auge. Durante décadas, la receta para mantenerse en forma se ha centrado en el ejercicio cardiovascular —“tú camina”, decían—. Hoy, sin embargo, sabemos que levantar pesas, hacer sentadillas o practicar fondos puede tener un impacto aún mayor en la salud y la longevidad que pasear, montar en bici o nadar, y esa tendencia empieza a abrirse camino también en el embarazo.
Aun así, muchas mujeres reducen su actividad física durante la gestación, ya sea por los cambios corporales y emocionales o por molestias que dificultan moverse. Pero mientras el sedentarismo aumenta el riesgo de hipertensión gestacional y favorece alteraciones metabólicas, la ciencia constata que ejercitarse mejora la salud física y mental de la madre, reduce complicaciones y alivia síntomas comunes como el dolor lumbar, la fatiga o la ansiedad. Por ello, entidades como el Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos o la Sociedad Canadiense de Obstetricia y Ginecología recomiendan en las gestaciones no complicadas al menos 150 minutos semanales de actividad aeróbica moderada, la misma pauta que aconseja la OMS para la población general. El entrenamiento de fuerza también aparece en esas guías, pero con un papel secundario… por ahora.






