Fui una bebedora de café bastante tardía: no lo probé hasta los 21 años y no me aficioné hasta los 23, cuando mis ritmos circadianos me obligaron a beberlo con regularidad porque trabajaba en un matinal de radio. Al principio le echaba dos pastillas de sacarina de esas que supuestamente se disuelven pero que luego siempre te acabas encontrando al fondo de la taza, y a los 24 años dejé de echárselas porque Adam Driver me contó que los edulcorantes artificiales nunca se digieren del todo y se acaban pudriendo en el estómago.
O eso le decía a su novia en un episodio que me encontré haciendo zapping.
Yo le hice caso porque, desde que a finales de 2015 fui al cine a ver la que en su momento era la nueva de Star Wars, mantengo una relación unidireccional de respeto, admiración y lealtad con Adam Driver.
Vamos, que me gusta un poco Adam Driver.
También me gusta que me guste, porque no hay nada más definitorio de una persona que sus inclinaciones, y en este momento jacobelordiano que nos ha tocado vivir —de reaccionarismo estético y comprensión nivel A1 de la belleza— Adam Driver, que casi hay que mirarlo dos veces para que los ojos lo entiendan, es un gusto adquirido. Como cuando dejas de echarle dos pastillas de sacarina al café.






