La épica sobre el consumo de alcohol está cambiando, afortunadamente
En casa estamos volviendo a ver Mad Men, una serie donde se fuma y se bebe tanto que después de cada episodio hay que abrir las ventanas para airear el salón. Desde el primer capítulo, situado en 1960, publicistas y directivos de tabaqueras encadenan pitillos mientras piensan en cómo librarse de las primeras multas por promocionar un producto que ya saben que es adictivo y peligroso. La solución es destacar la libertad y la felicidad
/2025-07-14/populismo-ebrio-como-la-industria-del-alcohol-blanquea-sus-efectos-con-la-ayuda-de-medios-y-politicos.html" data-link-track-dtm="">asociadas a su uso. Uno de los jefes de la agencia, Bert, recrimina a otro, Roger, que fumar tanto delante de los clientes le hace parecer débil al negociar. Le cuenta que Hitler sacó lo que quiso del primer ministro británico Chamberlain reuniéndose en un viejo palacio donde el humo no estaba permitido, a lo que Roger responde “lo único que me queda claro de esta historia es que Hitler no fumaba”. Como ocurrió con el tabaco, en los últimos años la ciencia ha demostrado que el alcohol es dañino a cualquier dosis, aunque cueste escucharlo. Lo dicen los metaanálisis, la OMS y las sociedades médicas. No existe tal cosa como un consumo moderado adecuado, igual que no hay un número de cigarros correcto o una cantidad adecuada de veces que te puede arrollar un tren. Beber es cancerígeno, destroza el hígado, el cerebro y el corazón. Si socializar es beneficioso para el bienestar lo es a pesar del alcohol, no gracias a él.






