Con más de 1.300 años a sus espaldas, el miso no solo es un condimento indispensable en la cocina japonesa, sino una parte indisoluble de la historia del país. A esta pasta salada de soja fermentada se le atribuyen cualidades beneficiosas para salud, como mejorar la digestión o fortalecer el sistema inmunológico. Uno de los secretos de la dieta que respalda la alta longevidad de sus habitantes. Aunque existen opiniones muy diversas sobre su origen, la teoría más extendida que corrobora Murakome...
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, empresa líder de este fermento en el país, es que el miso surgió en la antigua China, siendo muy probable que llegara a territorio nipón en el siglo VII. Su uso no era el de condimentar que se conoce hoy en día; surgió más bien como una pasta para untar sobre alimentos o bien se comía sola.
Tampoco estaba tan extendido como ahora. A menudo ejercía de objeto valioso para regalar o como parte de los salarios de la élite. Su receta más común, la sopa miso, llegaría con los monjes budistas unos siglos más tarde, que molían el grano fermentado para disolverlo en agua en un caldo que pasaría a ser la base del menú que comieron los samuráis durante décadas. El aumento de la producción de soja en el siglo XIV multiplicó las recetas de miso entre la población, hasta alzarse como alimento común en la dieta japonesa.






