El corazón de Barcelona aún era la Rambla (espóiler: ya no lo es) y la propiedad del palacio Moja, construido donde estuvieron las viejas murallas, seguía siendo de la todopoderosa familia Güell. Lo era desde mediados del siglo XIX, cuando lo compró el fascinante y controvertido Antonio López. Hacía pocos años que este cántabro había llegado procedente de Cuba, enriquecido gracias al comercio colonial y el negocio de los esclavos (el legal y el ilegal). Con su retorno a la Península y el capital acumulado, iba a convertirse en una de las grandes figuras de una burguesía que modernizó la capital catalana, hizo fortuna gracias a sus apuestas en el sector de las finanzas y el naviero y, por supuesto, orbitó en torno a la monarquía. Se ha cumplido siglo y medio de ese día de 1875. La fragata Navas de Tolosa llevó a Alfonso XII de regreso a España para que la Restauración se pusiese de largo. El monarca bajó del barco, avanzó por la Rambla a caballo y con una barretina en la mano. Las puertas del palacio de Antonio López se abrieron de par en par. Pero en tiempos de la Segunda República, cuando los negocios ya no eran lo que habían sido desde la I Guerra Mundial y empezaba una cierta decadencia de esa estirpe millonaria, los herederos vendieron parte del jardín del palacio para que en ese espacio privilegiado se instalaran los grandes almacenes SEPU, desaparecidos como el espíritu de esa avenida. A finales del franquismo alguien lanzó una cerilla encendida desde esos almacenes al palacio, semiabandonado, y provocó un incendio. Paredes, cortinajes, cristaleras y pinturas murales se tiñeron de negro. En 1982, la Generalitat restaurada lo compró por 100 millones de pesetas. Dos años después, tras la rehabilitación, allí se instaló la Dirección General de Patrimonio.