Otro caso de especulación inmobiliaria en Barcelona ha replicado lo que ya ocurrió en Casa Orsola

Ni por inseguridad, por suerte, ni por modernuquis, gracias a Dios, y sin monumentos para turistas en busca de un escenario para posar como mediterráneos soft. En nuestro barrio de moderadita clase media no acostumbramos a salir en portada en The New York Times. Pero hace un año, la imagen de un edificio a dos minutos del nuestro —modernismo de segunda división— abrió la edición internacional. Hacía cierto tiempo que un inversor había comprado Casa Orsola para un negocio con rentabilidad asegurada en la Barcelona de hoy y de mañana: sacar la vivienda del mercado tradicional de alquiler y destinarlo al de los extranjeros de paso.

Si históricamente familias locales habían alquilado los pisos de esta finca para desarrollar aquí su proyecto de vida, el nuevo propietario quiso cambiar el modelo de explotación para obtener mayor rentabilidad. Normal. No renovaba los contratos antiguos, aunque los inquilinos hicieran lo imposible para conseguirlo, porque su propósito era vaciar el edificio de barceloneses como nosotros, reformarlo y después dedicarlo al alquiler de temporada. Es la dinámica que expulsa a los hijos de los vecinos de siempre no se sabe dónde. La capacidad de algunos vecinos para convertir Casa Orsola en símbolo, la identificación del caso por parte del Sindicato de Inquilinas como un frente de lucha para sumar la clase media a su causa y la reactivación del movimiento vecinal forzaron al Ayuntamiento a buscar una fórmula imaginativa que podría parchear casos parecidos.