Las generaciones que han vivido la etapa de relativa estabilidad posterior a la Segunda Guerra Mundial —y que en España edificaron el régimen democrático a la muerte del dictador— han crecido a la sombra permanente de Estados Unidos como potencia hegemónica, a pesar de la lógica desconfianza que nos ha inspirado a muchos porque fueron ellos quienes consolidaron nuestra dictadura y la utilizaron como cabeza de puente para dominar la bipolaridad. En los años contiguos al cambio de régimen en España, nuestra relación con EE UU fue intrincada porque este país, que nos expulsó de América en el XIX, siempre vio con malos ojos el intento europeo de formar al otro lado del Atlántico otra gran potencia occidental. Por lo demás, la China comunista era entonces una férrea dictadura bien poco atractiva, que representaba aquel inhumano socialismo real que tenía concomitancias con las demás dictaduras totalitarias.
Con respecto a China, Occidente confiaba plenamente en la operatividad de la llamada “hipótesis de modernización”, acuñada por el politólogo norteamericano Seymour Lipset (1922-2006). Según él, la modernización rápida e imparable que ha experimentado China desde las reformas de Deng Xiaoping y que todavía prosigue habría generado espontáneamente un engrosamiento muy notable de las clases medias y cultivadas, por lo que a medio plazo sería inevitable que creciese la exigencia de más libertades y de una cada vez mayor participación de la ciudadanía en los asuntos públicos. La correspondencia entre desarrollo y exigencia de autodeterminación personal, que también se experimentó en España durante la dictadura franquista, sería para Lipset un axioma indiscutible que desembocaría a la larga en la democratización de China. Porque, además, las economías, al modernizarse, necesitan cada vez más mecanismos democráticos de participación para triunfar en la carrera por la eficiencia.






