Cuando pensamos en un deportista, lo que suele venirnos a la cabeza es la imagen de un cuerpo en movimiento: un regate preciso, una entrada a canasta en el momento justo, un saque que decide un partido. Sin embargo, detrás de esos gestos técnicos hay un componente menos visible, pero igual de entrenable: la preparación psicológica como parte esencial del rendimiento adaptativo expresado en el deporte.
Un buen ejemplo es la reciente final de Roland Garros 2025, en la que Carlos Alcaraz consiguió remontar dos sets en contra a Jannik Sinner, salvando bolas de partido y manteniéndose firme durante casi seis horas de juego. Al finalizar el encuentro, el propio Alcaraz no habló solo de su físico o su técnica, sino de su fortaleza mental. No se refería a una cualidad innata, sino a algo que entrena a diario. El entrenamiento psicológico, en sus distintas formas, es una herramienta utilizada por muchos deportistas para prepararse ante lo que aún no ha ocurrido. Y funciona.
Carolina Marín, campeona olímpica de bádminton, recurrió a ella durante su rehabilitación tras una grave lesión de rodilla. Visualizaciones, ajustes atencionales, pequeñas estrategias psicológicas para reconstruir el patrón motor sin centrarse en el dolor. El cuerpo, en ese contexto, se rehace más rápido cuando utiliza sus recursos psicológicos para recuperarse. Lo mismo le ocurre a Paula, una joven esquiadora aficionada de 19 años. Tras romperse el ligamento cruzado, combinó la fisioterapia con sesiones en las que imaginaba movimientos concretos: giros, flexiones, aceleraciones. Días en los que no podía entrenar físicamente eran días en los que seguía entrenando psicológicamente. Cuando volvió a moverse, lo hizo con la sensación de haber seguido en marcha.






