También en el mundo del reciclaje hay dos Españas. La que, desde hace 30 años, vislumbró que la basura se convertiría en un problema ambiental, y diseñó un sistema de concienciación y de separación de residuos, y la España que a duras penas empieza ahora a implantar el llamado “cubo marrón”, destinado en exclusiva a los residuos orgánicos. En el primer grupo se encuentran Cataluña, País Vasco y Navarra, con el 40% de recogida selectiva; en el resto —aunque con excepciones de buen comportamiento— todas las demás, que fluctúan entre el 10% y el 30%. La mala noticia es que ninguna de las dos alcanza en la actualidad el objetivo fijado por la Unión Europea para 2025, que es del 55%, y no parece viable que lleguen al 60% marcado para 2030. ¿Hay alguna solución, una especie de varita mágica capaz de revolucionar el mundo del reciclaje? Los expertos aventuran solo una: “Hay que ponerle matrícula a la basura”.
Son las 12 de la noche. Un camión de la basura de la compañía Fomento de Construcciones y Contratas (FCC) se detiene frente a un portal del barrio madrileño de Tetuán. El operario que viaja agarrado a la parte trasera del camión —equipado con un casco y un uniforme reflectante— sale disparado hacia un cubo de basura marrón, lo aúpa a la plataforma del vehículo y pulsa un botón para que el contenido se vierta en el depósito. Desde la calle no es posible apreciarlo, pero en ese cubo, había plásticos y otros residuos. Es una escena que se repite en cada barrio, en cada ciudad, en todas las comunidades autónomas. Gabriel Cobos, el concejal de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Segovia, explica de forma muy gráfica la situación.






