En la capital europea impera un sistema de recogida de residuos puerta a puerta clasificado por bolsas de colores
Al caer la tarde, cuando las oficinas de la Unión Europea empiezan a vaciarse, brotan en las calles de Bruselas, decenas, cientos de bolsas de basura de colores. Algunas permanecen alineadas con disciplina geométrica frente a las fachadas de las casas. Otras, medio abiertas, dejan escapar una porción de pizza, un pañal sucio, un montón de cartones o las mondaduras de patata que alguien acaba de despachar. En algunos barrios, los cuervos o los ratones llegan antes que los camiones de la basura que pescan las bolsas azules, amarillas, blancas o naranjas en las calles
ack-dtm="">de Bruselas, una ciudad sin contenedores al uso.
La escena resulta desconcertante para alguien recién llegado. La basura no hace distinción. Los montones de bolsas pueden descansar frente a la luminosa tienda de Dior, en la arteria comercial más rica de la pujante capital europea, o frente a una Maison de Maître (las típicas casas belgas, alargadas y estrechas) del barrio artístico de Saint Gilles. A ojos inexpertos parece un problema básico de gestión urbana: qué hacer con la basura en una ciudad que genera un kilo de desperdicios al día por habitante, según estimaciones oficiales.







