Cada día, cuando Dina Rajab deja a sus tres hijos para ir a hacer sus directos para la televisión iraquí para la que trabaja, siente la misma angustia en el estómago. “¿Los volveré a ver? ¿Me pasará algo mientras trabajo? ¿Soy un blanco de Israel solo por ser periodista?”, se pregunta esta reportera gazatí que dio a luz a su tercer hijo en una tienda de campaña hace pocos meses.
Rajab nunca acepta encargos que impliquen pasar una noche lejos de ellos o dejarlos a cargo de desconocidos. Pero, al mismo tiempo, está siempre lista para entrar en directo si hay alguna noticia de última hora y deja de dormir para poder entregar a tiempo un reportaje por miedo a que sus jefes piensen que el hecho de ser mujer y madre obstaculiza su trabajo.
“¿Cree que un hombre periodista vive todo esto de la misma manera?” “No, los hombres no sufren la misma presión que nosotras”, responde, entre risas, desde Ciudad de Gaza.
Ese no rotundo se repite en todas las periodistas gazatíes protagonistas de este reportaje, que se juegan la vida cada día, al igual que sus colegas hombres, y sufren además algunas dificultades añadidas por el hecho de ser mujeres, comenzando por la falta de visibilidad. “¿Cuántos nombres de periodistas palestinas son conocidos fuera de aquí?”, se preguntan, conociendo la respuesta.







