Un retraso de unas horas en la entrega de mi reportaje sobre el colapso de la asistencia sanitaria en el Complejo Médico Nasser de Jan Yunis me salvó la vida. Estaba escribiendo el artículo para EL PAÍS, utilizando el hospital como ejemplo del deterioro del sector médico en Gaza, cuando el cansancio me venció la noche anterior. Dejé el trabajo a un lado.
Las horas que dediqué esa mañana del lunes a terminar y enviar el artículo hicieron que no estuviera en el hospital cuando los proyectiles israelíes impactaron dos veces, matando a cinco colegas periodistas y a otros 15 palestinos, e hiriendo a muchos más.
Tenía pensado ir temprano, como de costumbre, para informar sobre los niños desnutridos del hospital para otro reportaje. Pero decidí terminar primero el artículo sobre la sanidad. Le había prometido a mi editor que estaría listo el día anterior, pero el sueño ganó esa batalla.
Mi hija mayor, Dana, estaba navegando en redes sociales bajo un olivo en el lugar en el que vivimos desplazados en Al Mawasi. De repente, se levantó de un salto y gritó: “¡Mamá! ¡Papá ha desaparecido, han bombardeado el hospital!“.
La noche anterior, les había dicho a ella y a sus cuatro hermanos que me iría a las seis de la mañana, como de costumbre. Ella no sabía que había cambiado de planes. Mi esposa, Nour, de 38 años, la oyó y le respondió con voz quebrada: “¡Papá no ha ido al hospital! ¡Papá está aquí! ¡Cálmate, cálmate!“. Corrió hacia mí llorando: ”Gracias a Dios, gracias a Dios que estás a salvo. Dios mío, ¿y si hubieras estado con ellos? Por favor, no queremos más este trabajo de periodismo. No queremos perderte. Te necesitamos más que a cualquier trabajo".









